Padres : ¿Cómo tomar la decisión correcta?

Elegir y tomar buenas decisiones no es un instinto. Los padres deben ayudar a ejercitar y ampliar esta
habilidad a medida que el niño crece. Pero ni se debe presionar al pequeño con un exceso de opciones ni pretender que ya pueden decidir completamente solos.

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La necesidad de hacer elecciones y tomar decisiones se plantea bien temprano en la vida. Aunque desde que el ser humano nace puede mostrar rechazo o preferencia hacia determinados objetos o rutinas, es alrededor de los dos y tres años que su psiquis va empezando un proceso de maduración que lo impulsa a reclamar sus propias opciones.

Esta evolución va aparejada de otros dos grandes pasos: sus primeras independencias, es decir, hablar y caminar. Ahora es capaz de expresar sus sentimientos en palabras y de alejarse o acercarse físicamente a las cosas que desee. A partir de los tres años y medio o cuatro años en adelante, los padres deberán enfrentar a un ser cada vez más individual y más enérgico en reclamar sus espacios de elección.

“Lejos de ser negativo, éste es un síntoma de un desarrollo saludable”, coinciden en decir los terapeutas Tomás Angulo y Ana Silva Lama. Tomar decisiones les ayudará a incrementar sus habilidades de razonamiento y pensamiento creativo, sentido de fuerza personal y confianza en sí mismos. Pero añaden que es normal que este “nuevo” ser cause un poco de desconcierto en los padres. “Con la necesidad de elegir suelen empezar las típicas guerras de poder”, afirman.

¿Le suena familiar la escena entre un padre desesperado –y avergonzado– y un niño interpretando tal despliegue de llantos, chillidos y sofocos que podría competir con la pequeña protagonista de “El exorcista”? El escenario es variable: una tienda de juguetes o de dulces, la casa del amiguito de donde no quiere salir, la puerta del colegio al que no quiere asistir… Además de la necesidad de atención básica en el niño, el mensaje de este espectáculo es: “Yo quiero esto aquí y ahora, y tú –malvado padre– no me lo quieres dar”. Es ahí, dicen, donde entra la responsabilidad del padre para ayudarlo a elegir y tomar decisiones a partir del razonamiento y no del puro antojo.

Decisiones, todo cuesta

“Los adultos tomamos decisiones basados en nuestros conocimientos o experiencias pasadas que nos permiten predecir las consecuencias de cada acto. El niño aún no tiene ni el conocimiento ni la experiencia para saber cosas como que el dinero es un bien limitado, que si no le compran un dulce o un juguete determinado no significa que lo quieran menos o que no puede reemplazar la leche con gaseosas”.

Por eso hay que enfrentar su joven razonamiento al análisis de las consecuencias. Una frase como “ese vestido es muy bonito, pero hace mucho frío y si te lo pusieras te podrías enfermar y a nadie le gusta estar enfermo”, le permitirá reflexionar y llegar individualmente a la conclusión de que un atuendo más invernal sería mejor. “Por supuesto, si la criatura insiste en una vestimenta ligera y fuera llueve y sopla el viento ferozmente, la opción de elegir se acabó ahí.

Ninguna decisión que ponga en riesgo la integridad física, la salud o la vida, propia o ajena, puede serle permitida. No se debe olvidar que el adulto está para cuidar al pequeño y no dejarse vencer por el hartazgo”.

Pero aunque el intento termine en pataleta no es tiempo perdido. El pequeño irá desarrollando su razonamiento interno paulatinamente, hasta que de forma “espontánea” pueda preferir el uso de zapatillas en vez de zapatos, “para poder correr con mis amigos”.

Oportunidades como éstas se presentan a diario y los adultos deben ayudar a que los niños las identifiquen. “Se los debe estimular a que piensen qué efectos puede tener elegir determinada conducta u objeto y animarlos a usar su creatividad para resolver los problemas que podrían acarrear sus decisiones”.

Los terapeutas precisan la necesidad de que los niños sepan que si una decisión negativa puede resultarles enojosa –“Después de todo no me gusta esta pizza con champiñones” –, no es determinante ni representa un fracaso. Saber que cada elección puede ser un aprendizaje los tranquiliza. “Ya aprendí que esto no me gusta, no lo volveré a pedir”.

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