Los tipos raciales en la familia

Por designio de la sociedad, la raza juega un papel muy importante en nuestro porceso de búsqueda de la identidad. Cuando en una misma familia las diferencias raciales son obvias, es necesario actuar con mayor cautela para evitar que estas repercutan negativamente en la auoestima de nuestros hijos.

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La raza no es buena ni mala; simplemente es. Es por ello que, en teoría, la constitución racial no debería afectarnos, ya que es un elemento más dentro de nuestra constitución como personas.

Sin embargo, ya que la composición racial en el Perú es tan compleja y variada, tendemos a apreciar lo “diferente”, lo escaso por sobre lo común. Es dentro de este marco que las diferencias físicas entre nuestros propios hijos pueden afectarlos si es que no sabemos cómo manejarlas positivamente desde un comienzo.

Lo primordial: la aceptación

¿Qué sucede cuando, dentro de una familia, papá es, por ejemplo, de tipo caucásico y mamá de tipo latino, y sus hijos tienen características físicas marcadamente distintas entre ellos? Idealmente, esto no tendría por qué afectar a la familia y mucho menos a los niños, pero…

“El problema se da cuando los papás distinguen entre sus hijos en razón de la raza”, explica el filósofo Carlos Beltramo. “Pero eso no sería nada diferente a que los distingan en razón al más simpático o menos simpático, al más inteligente o menos inteligente. Finalmente, el problema se genera si en la familia se establece diferencias entre su prole por alguna razón”.

¿Cómo evitarlo? No es fácil. De hecho, el especialista sugiere que es bastante común para los padres hacerse de ideas equivocadas con respecto a sus hijos aun antes de que nazcan. Esta suerte de prejuicio no está limitada al aspecto físico, pues se observa también en sus actitudes frente a ciertas materias o sus cualidades. Lo negativo en esto es que el progenitor, al ver sus expectativas frustradas, se siente fracasado, y proyecta este malestar sobre el hijo perjudicando su autoestima.

“Todo parte de no aceptar al niño como alguien distinto al papá”, manifiesta el especialista. “Lo otro es aceptar que el niño no es una credencial de nuestro potencial como personas. Un padre piensa a veces: “Si mi hijo no es muy guapo, o no es muy inteligente, la gente va a pensar mal de mí”.

Esto, así como la raza, es algo que está fuera del control de nosotros mismos y de nuestros hijos. Es, como explica Beltramo, parecido a recibir un huevo de Pascua con un regalo dentro que no sabemos cómo será. El truco está en aceptar lo que recibamos y trabajar con ello lo mejor que se pueda.

El secreto radica en aceptar al niño incondicionalmente, y aceptar que es una persona distinta a nosotros”, dice. “Estamos frente al misterio de la unicidad de una persona distinta a uno”.

Los padres que van con una disposición negativa desde el primer momento, encontrarán defectos en el chico. Por el contrario, aquéllos que acojan a sus hijos con una actitud receptiva, generosa, incondicional, respetarán la originalidad del niño en todos sus distintos matices, y podrán explotar sus cualidades al máximo de su potencial.

¡Qué tal raza!

En el tema racial hay un problema cultural bastante fuerte. Aun cuando la diferencia física sea imperceptible dentro del seno familiar, es probable que fuera de él los niños se vean lastimados por ella. Lo ideal, para evitar que les afecte, es crear una fuerte autoestima que no se vea mellada por fuerzas exteriores.

“Dentro del hogar es donde los niños van a aprender los esquemas más importantes de su vida. Lo que se tiene que hacer es tratarlos a todos por igual, con amor y respeto a su individualidad”.

Si desde pequeños les enseñamos a amar su originalidad, será más fácil para ellos encarar al resto llegada la hora. Debemos dejarles saber que no los amamos por sus cualidades físicas o sus aptitudes académicas, sino por la persona que son.

“Ése es el primer paso, de modo que ellos no noten la diferencia en el seno del hogar”, explica el filósofo.“Cuando ellos socialicen, lo más probable es que no se den cuenta de las diferencias porque son aceptados por sus papás como iguales”.

Al crecer, tal vez se les pueda explicar que para algunos el tema racial implica cierta disparidad en cuanto a la calidad de la persona, pero que esto es falso. Hay que poner énfasis en que la diferencia es tonta y que no tiene por qué afectarlos.

“Si el niño recibe en casa ese discurso y disfruta del mismo amor que el resto de sus hermanos, aceptará en su propia autoestima sus características”.

Algo que tanto padres como niños deben aprender es que hay que crear identidad y aceptarla como algo maravilloso. Hay que saber estar orgulloso de lo que uno es, consciente de nuestras limitaciones y nuestros puntos fuertes. Y dentro de este esquema, la raza no es más que un accesorio ajeno a nuestra verdadera identidad.

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