La edad de los “por qué”

Satisfacer la curiosidad de los niños pequeños tiene sus límites. Si bien los padres deben responder con entusiasmo a sus inquietudes, es preciso tomar en cuenta algunas recomendaciones para evitar que sus hijos “pregunten por preguntar” y obtengan información sobre temas que aún no alcanzan a entender.

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A partir de los dos años, con la aparición del lenguaje, los niños comienzan a preguntarse por las cosas que suceden en el mundo en el que viven y se desenvuelven. Su imaginación es rica y desean conocer el significado de todo lo que ven y escuchan. Erróneamente, sin embargo, muchos padres creen que se debe dar a los niños una explicación razonable a todo. En el momento de salir a la calle, por ejemplo, se le dicen al chico: “¿Nos ponemos la chompa?”. “¿Por qué?”, responderá él, y no porque en realidad quiera saberlo, sino porque está habituado a que sus padres le den razones para todo y, por lo tanto, se sentirá inducido a discutirles cada punto. Así, los porqués pueden continuar hasta el infinito.

De acuerdo a la opinión de los entendidos, este tipo de discusiones sin sentido y explicaciones no vuelven al niño más cooperativo ni le hacen sentir más respeto por sus padres. “Definitivamente, un niño será más feliz y obtendrá mayor seguridad si sus papás adoptan un aire de confianza en sí mismos y lo orientan de una manera amistosa y práctica a través de las rutinas cotidianas.    Cuando los niños son pequeños, es necesario darles explicaciones en términos simples. Interiormente, ellos saben muy bien que todavía son inexpertos; por lo tanto, el que sus padres lo orienten de una manera firme los hace sentir seguros”, dice Rosario de Mata, profesora de Educación Inicial del Colegio San Silvestre.

Por otra parte, de acuerdo a la especialista, es preciso evitar lo que ella llama “la flojera mental del niño”; en este sentido, una buena opción es contestar sus preguntas con otras que lo lleven a pensar. “Un niño puede ver, por ejemplo, que su mamá está cosiendo y, sin embargo, le pregunta: “¿qué estás haciendo?”. En esos casos, es mejor responder: “¿tú qué crees?”; eso lo hará reflexionar mientras se da pie a un intercambio más enriquecedor”. Según la experta, hay que ayudar al niño a que formule preguntas que realmente le den información como, por ejemplo: “¿qué quieres saber sobre esto?”; “¿con qué material crees que trabajo?”; “¿te gustaría saber cómo se hace o quién lo inventó?”, etcétera. Es importante que los padres utilicen esta oportunidad para que los niños piensen un poco más sobre lo que ven así como para ayudarlos a preguntar de manera más eficiente. “Preguntar es averiguar sobre el mundo que nos rodea, conseguir datos que pueden ser muy o poco valiosos. Si vemos que hay un verdadero interés en el niño, podemos decirle, por ejemplo: ‘tengo un libro sobre cómo se hace el papel,¿vamos a buscarlo?’. Así, el niño aprende que preguntar no es la única forma de conseguir la información que desea, sino que hay otras fuentes como libros, enciclopedias, internet, etcétera”.

Cuando las  preguntas giran sobre temas sexuales

Más o menos a los dos años y medio o tres, los niños comienzan a tener ideas más exactas con respecto a las cosas relacionadas con el sexo, y es la etapa en la que la curiosidad se ramifica en todas las direcciones. Quieren saber por qué los varones están constituidos de modo diferente que las niñas o de dónde vienen los bebés. Según los expertos, es preferible decir la verdad antes que contar una historia fantástica, ya que proporcionar una visión equivocada puede llevar a los niños a confundirse y a tener ideas distorsionadas respecto del sexo. “Lo mejor es tratar de contestar sus preguntas con sencillez, tal como son formuladas. Si la respuesta los satisface, no es preciso decir más que eso, en ese momento. Poco a poco, querrán saber más. De acuerdo a mi experiencia, puedo decir que a los 3 o 4 años no es necesario intentar suministrar una visión exacta de los hechos. Satisfacer su curiosidad, en el nivel de su comprensión, es todo lo que se necesita”.

De acuerdo a la especialista, normalmente, este tipo de preguntas aparece de forma inesperada y en el momento menos oportuno. “Lo importante es no hacer de esto una situación demasiado solemne y responder con naturalidad para que los niños no sientan que hablar o pensar sobre el sexo es algo malo. Hay que tener en cuenta que, si bien este tema resulta un tanto perturbador para los adultos, para los niños es una cuestión de simple curiosidad”, concluye.

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