El amor es clave para el desarrollo

La comunicación y el afecto entre padres e hijos pueden ser tan importantes como los conocimientos, ya que ayudan a descubrir las capacidades y características individuales de cada niño, sostiene Carmen Villarán.

amor

Luego de veinticinco años de experiencia en el campo de la educación, Carmen Rosa Villarán se animó a brindar a padres de familia, maestros y estudiantes, el primer fruto de su trabajo y de sus horas de reflexión: “La persona humana: un desafío educativo desde la infancia”, un libro que plantea desde su título, asumir la educación inicial y primaria como base de la realización personal.

En más de 300 páginas, Carmen Rosa Villarán analiza una serie de postulados y teorías pertenecientes a corrientes pedagógicas, para formular su propia propuesta, que consiste en hacer del proceso educativo una forma de descubrir el valor de cada alumno y de fortalecer la voluntad de los niños, quienes son, según ella, seres en progresiva humanización.

Desde que se graduó de maestra, Carmen Rosa Villarán ha hecho del estudio y del ejercicio profesional una mixtura enriquecedora a la que ha sumado su particular preocupación por el bienestar espiritual del alumno. Ello la condujo a una especialización en logoterapia, un método de rehabilitación psicológica que devuelve al ser humano su condición espiritual y moral.

En conversación con “Padres”, Villarán ofrece algunas sugerencias e ideas para enriquecer la tarea de la crianza.

“La primera educación afectiva es la de los padres”, señala. “Antes de querer a su hijo, deben quererse entre ellos. Sin duda podríamos pensar que un niño es consecuencia de su amor. Aunque reconozcamos la tristeza de que en la realidad no siempre es así”, señala. Añade que la influencia de los sentimientos es tan importante en la educación, que su descuido puede desfavorecer los procesos de aprendizaje. “Lo que permite el advenimiento de un niño es el amor. Eso nos indica que su destino es aprender a amar, y a valorar ese sentimiento. El amor es clave para el desarrollo del niño”, afirma.

“Cuando veo a una madre que apachurra a su hijo, la aprecio, porque le está dando una lección de inteligencia. Cuando un niño recibe seguridad de su entorno, puede confiar en la realidad y eso facilita la labor de la educación”, sostiene Villarán.

“El balance emotivo del niño requiere de una buena comunicación. El hecho de que una madre hable, mire y acaricie a su hijo, le da seguridad, afectividad y raciocinio. El diálogo ayuda mucho, a toda edad”, recomienda. Asimismo, es importante destacar la capacidad del hombre para reconocer su naturaleza amatoria, como fuerza redentora. “Las falencias afectivas de la infancia repercuten enormemente, pero generan también un sentimiento de reivindicación hacia los hijos. En este sentido, niños huérfanos de padre o madre, por ejemplo, han podido ser padres de familia maravillosos. Eso nos hace confiar en la condición humana y en el valor de las experiencias en el transcurso de la vida”.

Calidad de tiempo

“Un padre debe hacer sentir a su hijo que lo quiere y aprecia, que es importante para él. Para ello existen los diálogos amorosos, el hacer algo juntos, el compartir alguna historia a pesar del cansancio del trabajo -si el padre lo hace con interés, el que más descansa es él-, el juego. Si hay horas de sueño, pues también hay horas de vida práctica. El tiempo compartido es como el oxígeno: así como el cuerpo necesita movimiento, el alma requiere también una atención específica”, aconseja Villarán y agrega que los padres deben identificar las oportunidades en que sus hijos pueden gozar de los beneficios de la educación. “Hay que aprovechar las preguntas de los niños y estimular su imaginación. El saber sobre Napoleón, por ejemplo, que siendo un gran estratega, fue vencido por el invierno en Rusia, puede ser apasionante. Descubrir además que León Tolstoi, sin ser historiador, lo ilustra maravillosamente y permite revivir ese marco histórico en la novela ‘La guerra y la paz’, es muy interesante”.

Caminando juntos

“Desde un punto de vista antropológico, los hijos son hijos de la vida. Sin duda, los padres se sienten los responsables, no sólo de su destino, sino del transcurso de sus días. Les cuesta estar lejos de ellos, los poseen. Entonces es importante que tengan respeto por ellos y que tengan ilusión de descubrirlos, de conocerlos individualmente y no sólo de inculcarles afinidades”, sugiere Carmen Rosa.

Asimismo, nos ofrece una reflexión conducente a recuperar el tiempo perdido y las oportunidades desperdiciadas de convertir un momento de compañía en otro de ausencia y distancia. “Hoy más que nunca, los padres tienen cargas adicionales en sus labores, contrarias a su propia afectividad. A veces llegan a casa y hay frialdad y distancia entre padre y madre. Los hijos pueden saciar las necesidades de afecto de sus padres y servir de nexo emocional y medio de reconciliación, al ser el motivo de sus vidas”, sostiene, y opina que sin necesidad de que les compren nada, los padres deberían salir con sus hijos a mirar árboles, ver atardeceres, apreciar la naturaleza. “Hay un tiempo de atención directa y hay un tiempo de acompañamiento. Y a veces estos se maltratan, en vez de enriquecerlos”, nos dice.

“Estamos muy acostumbrados a que medie un helado o un postre para hablar. Qué importante es el sabor de una linda conversación, la energía e inspiración que transmite el mar, aunque sea durante cinco minutos. Una caminata -ya las aconsejaba Aristóteles- para descubrir cómo estimular a los hijos, es a veces suficiente, si resulta un acercamiento amistoso”, concluye.

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