¿Cómo medir la inteligencia de nuestros hijos?

Los test referidos a la inteligencia son los más aplicados dentro del campo de la psicología. Hay quienes los tienen como única fuente de información, pero para una buena parte de profesionales, éstos sólo deben constituir un punto de apoyo dentro de la batería de pruebas a desarrollar en el niño.

Impaciente por conocer la respuesta, un padre llega hasta el consultorio para “constatar” de labios de un profesional que su hijo de cinco años es muy inteligente. El papá tiene esa presunción desde hace tiempo porque su hijo es un niño que, a su corta edad, arma un rompecabezas de muchas piezas, siempre tiene la respuesta inmediata a alguna interrogante o, entre otras tantas habilidades, sus preguntas sorprenden a más de uno.

medir inteligencia

La psicóloga, después de escucharlo atentamente, le dirá que a priori no se puede concluir con una respuesta categórica ya que es necesario hacer al niño varias pruebas que lleven a obtener la información debida y completa. Pasan dos, cuatro y hasta seis sesiones y el padre le exige a la psicóloga que por fin le diga cuál es el C.I. (coeficiente intelectual) de su hijo, para escuchar por respuesta que es 110. En ese instante, al papá parece haberle caído un balde de agua fría, porque estaba seguro de que su hijo no podía sacar menos de 130.

La especialista, sin pérdida de tiempo, pasará a explicarle que el coeficiente intelectual no es el todo de la inteligencia sino una parte de ésta. “Y es que la mayoría de personas están acostumbradas a reducir la inteligencia al coeficiente intelectual y cuando les proporcionan un resultado numérico se angustian porque creen que es el único valedero para medir su inteligencia”, explica la doctora Sheyla Blumen, directora de la Maestría de Psicología de la Universidad Católica y Ph.D en Talentos.

La inteligencia

“Pero en la inteligencia como tal –continúa Blumen– deben examinarse cuatro cosas: potencial intelectual, funcionamiento intelectual, habilidades específicas (talentos) y aspecto emocional; ninguna sustituye a la otra”. Entonces, ¿qué es la inteligencia? “Para resumir en un concepto las mil teorías existentes: es la capacidad y habilidad necesarias para sobrevivir y afrontar los problemas del día a día; un concepto bastante difícil de definir, peroque depende del ambiente que
rodea al individuo, dónde ha crecido, cuál es su contexto, porque lo que puede ser inteligente para alguien que vive en Europa no lo es para otro que habita en un país del África”.

Existe una clasificación planteada por Steremberg que habla de tres grandes grupos de inteligencia: Por ejemplo, la inteligencia analítica es la que lleva al típico “chancón” a tener un rendimiento óptimo en las pruebas; con sólo mirar sus calificaciones sabremos que estamos frente a un inteligente. Dentro de esta “división de inteligentes” están los chicos que ingresan en los primeros puestos, los que durante su permanencia en la universidad les va muy bien, porque su habilidad para sacar buenas notas es su fuerte. No dependen de la capacidad analítica únicamente ni de cuánto sepan, sino más bien de cómo la aplican. Pero si a lo “analítico” no se suma lo creativo, difícilmente van a destacar en los últimos semestres.

De otro lado, a los inteligentes creativos los notamos tan pronto como hacen un comentario que nos desconcierta; chicos que son capaces de proporcionar puntos de vista diferentes, que hacen preguntas raras, no necesariamente difíciles en términos de profundidad de un tema sino en perspectivas diferentes de lo mismo. Desde muy pequeño, un inteligente creativo empieza a despuntar, sea en términos productivos o técnico-científicos; posee alta destreza para manejar la computadora. Son inteligentes que crean y producen. Y la tercera categoría, dentro de esta clasificación, es la inteligencia exitosa. Los vemos en nuestro entorno y son los que se movilizan con mucha versatilidad, saben cuál es el momento y el sitio ideal para invertir (los grandes negociantes que no tienen gran formación académica, por ejemplo). Esta inteligencia exitosa está asociada a la experiencia como pilar.

Sin embargo, hay un detalle importante: “No es que cada inteligente tenga sólo un tipo de inteligencia sino que cada uno se desarrolla más en una de ellas”, señala la doctora Blumen.

Los test

En español “pruebas”, son herramientas de valoración para medir diferentes capacidades. Los pioneros de los test de inteligencia fueron el psicólogo francés Alfred Binet y el pedagogo Theodore Simon, quienes en 1905 hicieron una batería de pruebas aplicables a los niños. Fue el primer test concebido como una escala práctica para determinar el nivel mental de inteligencia.

Sin embargo, un test que se ha mantenido desde 1939 y es el preferido por la mayoría de psicólogos es el de David Wechsler, y por eso se lo conoce como la “escala de Wechsler”, que mide la inteligencia funcional o, dicho de otra manera, el coeficiente intelectual, el que se establece comparando los resultados de cada niño con las puntuaciones de otros individuos de su misma edad. Lo importante de estos test es que son más flexibles –se adaptan a las diferencias socioculturales de cada país–, por lo que nos ofrecen un perfil más detallado del pequeño. Los hay para niños de cuatro a seis años y medio, para niños de 5 a 16 años y para adultos.

La WPPSI –escala de inteligencia para preescolar y primaria – evalúa la inteligencia y ofrece alguna información clínica sobre la organización de la conducta. El tiempo aproximado de duración es de 50 minutos y se aplica de manera individual. Este test contiene seis pruebas verbales (información, vocabulario, aritmética, semejanzas, comprensión y memoria de frases) y otras cinco manipulativas (caza de los animales, figuras incompletas, laberintos, dibujo geométrico y cubos).

Otras pruebas

Para medir la inteligencia potencial, las que más se usan son las escalas matrices progresivas de Raven en sus cuatro modelos: niños pequeños, versión escolar, los que se sospecha tienen talento intelectual, y las diseñadas para discapacitados. Para evaluar las habilidades fundamentales del niño en las distintas áreas –persona-social, adaptativa, motora, comunicación y cognitiva– ha sido diseñado el test Battelle, formado por más de 300 elementos y que puede aplicarse de manera concreta o abreviada entre niños de cero a ocho años. Los procedimientos para obtener la información son de tres tipos: examen estructurado, observación (clase, casa) e información de profesores, padres y compañeros. Si se lleva a cabo de manera completa, la duración es de una hora y media, y de forma reducida, sin perder fiabilidad,entre diez y treinta minutos.

Más allá del lápiz y papel

Puntualiza la doctora Sheyla Blumen: “Tenemos que ser conscientes, y eso es fundamental, de que aquello que estamos midiendo es realmente lo que queremos medir, porque los instrumentos creados para medir conductas humanas no son perfectos; es por eso que las evaluaciones toman varias sesiones”. Y es que, con frecuencia, los padres llegan a la consulta porque han sido derivados del nido, por alguna dificultad de aprendizaje, desorden deconducta, etcétera, y luego se sorprenden al comprobar que su hijo es inteligente. Lo que suele suceder en estos casos es que existen otros problemas pero no una falta de inteligencia. “Ahora bien, los resultados de las pruebas van a depender mucho de cómo estuvo el niño ese día, de su buen o mal humor, de si quiso colaborar con quien lo monitoreó, si le aquejaba algún mal, si estableció un buen vínculo con el profesional, etcétera.

Es más, depende también de si es una prueba con validez o confiable, adaptada a nuestro ámbito, a nuestra cultura. Es importante tener en cuenta que la gran mayoría de estos test han sido elaborados en otros contextos y bajo otras realidades”. “Particularmente, soy partidaria –enfatiza la doctora– de ayudarme en el proceso de evaluación con pruebas cualitativas que vienen a ser los cuestionarios, las entrevistas a los padres, al maestro y a los compañeros”. “Finalmente –es lamentable decirlo– hay padres que se interesan mucho en saber si su hijo es inteligente o no porque quieren trascender a partir de ellos, y en ese sentido desean usar los resultados de una evaluación para decir ‘mi hijo es superdotado’, etiquetándolo y no favoreciéndolo en lo más mínimo. En ese mismo grupo están los que al conocer los resultados sienten celos porque no quieren que los ‘superen’. Si desean saber para ayudar a sus hijos y seguir estimulándolos, en buena hora; si es para quererlos más, también, pero nunca para ser una estaca en el camino”, finaliza la doctora Blumen.

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