Como manejar las pataletas de un niño

Detrás del lenguaje de las pataletas, ese pequeño tirano puede estar pidiéndole –a gritos– que le ponga límites en su pelea por la independencia. Con frecuencia un niño puede plantear en casa tal lucha de poder que al final el resultado es una familia agotada y un pequeño desconcertado por un “triunfo” con el que no sabe qué hacer.

pataletas
Si al dulce de leche que solía ser su hijo le bastó cumplir dos años para convertirse en un autócrata tamaño meñique, suspire, únase al club de los padres oprimidos y aprenda a sobrevivir sin enloquecer con el concierto de chillidos y alharacas –en versión estereofónica– que su niño acostumbra usar como efectivo método de dominación.

Sabemos que aconsejar es fácil, pero actuar es bastante más fatigoso. Sin embargo, vale el esfuerzo monitorear con sabiduría y sere nidad esta etapa –que suele ir de los dos a los cuatro años– en bien de la salud mental de los padres y de la educación de los
hijos. Según describe la psicóloga infantil Sandra Morales de Pomar, manifestaciones como desobediencias continuas, pataletas, rabietas y actos de rebeldía son normales a esta edad en la que los niños empiezan a escalar gradas de independencia.

“Aunque sea difícil creerlo, su objetivo no es hacerle la vida a cuadritos a los papás, sino exteriorizar la ansiedad de esta etapa de cambios y aprendizaje. Y es además un pedido de puesta de límites tanto en funciones corporales como mentales”.

La experta recuerda que en esta etapa los niños empiezan a manejar un lenguaje más fluido, son entrenados para ir al baño, comienzan sus experiencias de socialización a través del nido, entran en la edad de la posesión –“eso es mío, mío”–, intensifican
sus angustias de separación con los padres, se lanzan a comer solos, entre otras muchas revoluciones físicas y emocionales. Desde este punto de vista es más fácil comprender las confusiones que desordenan el corazón del pequeño y entender que el escándalo no es más que una forma de comunicación.

Lo que debe aprender, enfatiza, es que ésta no es una forma de comunicación válida que lo vaya a llevar a resultados positivos ni con los padres ni con persona alguna. Por eso es importante tener políticas coordinadas –respetadas por progenitores, abuelos, tíos, cuidadores, profesores– para tratar las pataletas. Si por hartazgo algunos o todos los adultos alrededor del niño ceden a la presión del revoltijo y el grito –que además de exasperantes pueden ser bochornosos– se estarán dejando doblar el brazo por el opresor infantil. Y esa sensación de anarquía, de no hallar límites para sus actos, lejos de causarle placer, origina una profunda inseguridad en el niño que se traduce
en una mayor vocación de llevarle la contraria al mundo, especialmente a la parte del mundo que más le interesa: sus padres.

“No se trata de responder gritos con gritos ni de dar por terminado un pleito mediante el facilismo del castigo físico o el insulto. La difícil misión de los padres es conservar la calma –usted es el adulto– y tratar de ubicar la causa de cada rabieta específica: si arma un vocerío y patea los muebles cada vez que se menciona la palabra “trabajo”, es probablemente que el terror a ser abandonado –inherente al ser humano– esté especialmente acentuado en él, debido, por ejemplo, a la muerte de alguna persona cercana.

En el caso de padres divorciados, si el pequeño pasa el fin de semana con uno de ellos y regresa desgañitándose cuando el otro lo baña, puede obedecer lo mismo a un terror a la ducha producido por un castigo o a una protesta por sentirse dividido entre dos hogares. “Cada padre debe analizar y apaciguar los temores que surgen y se renuevan constantemente en la psiquis del niño como parte de su maduración”.

Agrega que los padres son los llamados a dar estabilidad a sus hijos: “Ellos deben representar una especie de refugio, de hogar protegido, con límites seguros a partir de los cuales pueden aventurarse al mundo y regresar cada vez que necesiten apoyo”. Un ambiente amable, positivo, de afecto genuino, en donde expresarse no sea penado, pero tampoco premiado, y sea apoyado en sus fortalezas y en vencer sus dificultades, es lo que hace a un niño se guro y por tanto, tranquilo”, acota. Aunque el temperamento del niño tiene un componente congénito y habrá niños más difíciles de manejar que otros, los padres que vencen la partida a la desesperación pueden canalizar esa energía dominante de forma positiva: creando líderes, por ejemplo”.

Con las primeras autonomías –hacia los tres años, cuando empieza a vestirse, expresa sus gustos, elige los diseños de sus cuadernos, escoge sus juguetes– los arrebatos despóticos bajan bastante de intensidad, aunque, como concluye la doctora, siempre hay que estar alerta a síntomas que crucen hacia lo patológico. “Cierta cantidad de oposición es saludable; pero si la pérdida de noción de límites pone en riesgo la vida del niño o la de otros, es desmesurada y el pequeño ha ganado autoridad ante los propios padres, es tiempo de ir a terapia para evitar problemas futuros, como fijaciones y obsesiones con el poder”.

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