Cómo formar carácter y personalidad en los hijos

La personalidad se va forjando con los años y con la influencia de los factores ambientales y genéticos. Los rasgos de carácter que presenta un niño entre los dos y cuatro años no pueden tomarse como las características que seguirá en el futuro, pero nos pueden dar valiosos indicios sobre la tendencia de su comportamiento adulto.

personalidad

Por qué mi hijo actúa “así” cuando le digo tal cosa?, ¿Por qué es tan callado?, son apenas dos de las múltiples interrogantes que los padres se plantean ante el comportamiento de su hijo. La respuesta es sencilla: cada niño actúa según su manera de ser, lo que en términos psicológicos se denomina rasgos de personalidad.
“Cuando hablamos de ésto nos estamos refiriendo a aquellas características que van a determinar una forma de comportamiento en el niño, cómo va a actuar ante determinadas situaciones y cómo se irá adaptando a las circunstancias que lo rodean y al medio donde vive”, sintetiza la psicóloga Karol Cavero Gutiérrez.

Es a partir de los dos años de vida cuando el infante empieza a configurar estos rasgos, los cuales se verán influenciados –aunque no determinados– por el comportamiento de sus padres, el medio ambiente donde crece y los factores genéticos. “Sin embargo, –aclara Cavero–, es equivocado pensar que en este periodo queda establecida por completo la futura personalidad del individuo, porque ésta se va haciendo a lo largo del tiempo”.
Al respecto, continúa: “Sí un niño es poco comunicativo, no podemos catalogarlo –según la tipología tradicional– de introvertido; y si, por el contrario, es sociable, no debemos decir categóricamente que es extrovertido, porque entre los dos y los cuatro años no se puede hablar aún de tipologías”.

Rasgos propios

Desde que en 1890 Sigmund Freud diera a conocer sus investigaciones respecto al comportamiento del ser humano, muchos han sido los investigadores que han ido tras sus pasos, ya sea por el camino iniciado por él o de manera divergente. Es por eso que a la fecha existen varias clasificaciones; sin embargo, los sensibles, los sumisos, los dependientes, los sociables y los agresivos, pertenecen a la clasificación que se encuentra más extendida.
“Los sensibles son aquellos que no se muestran abiertamente desobedientes; son dóciles y fáciles de manejar hasta la etapa de la adolescencia. Son mucho más perceptivos y son pocas las cosas que escapan a su atención; tienden a fijarse mucho en cómo actúa la gente a su alrededor”, explica Cavero.
Los sumisos, por su parte, son aquéllos a quienes les cuesta trabajo expresar verbalmente sus emociones. Se los diferencia de los sensibles porque tienden a llorar –por ejemplo– cuando no quieren jugar con sus pares, de lo que se infiere que les es difícil interrelacionarse con los de su edad.

Con relación a los dependientes, la doctora Cavero señala: “Si todo el tiempo está pendiente de dónde está mamá, papá o de aquel que lo cuida, es un niño que no ha logrado ir desarrollando su independencia. En la mayoría de los casos, este patrón se ve alimentado por los padres hiperproteccionistas, que sin darse cuenta le niegan a su hijo la posibilidad de desenvolverse por sí mismo, y están atentos a su mínimo requerimiento”.
Los pequeños bailarines y comunicativos pasan a pertenecer al grupo de los sociables. Son los más aceptados por sus padres y por la sociedad, lo cual no quiere decir que dejen de matizar este comportamiento sociable con otros rasgos. “Ellos están siempre pendientes de las reacciones de los padres frente a los acontecimientos de la vida cotidiana, su curiosidad va en aumento y su palabra clave es “por qué”. Si conoce a algún compañero y no se atreve a preguntarle su nombre, le preguntan de inmediato a su mamá o papá; entre otras características, suelen prestar con facilidad sus pertenencias”, agrega Karol Cavero.

Tal vez los comportamientos anteriormente descritos no preocupan tanto a los progenitores como cuando alguien dice de un niño que “es agresivo”. En algunos casos puede haber motivo para preocuparse, especialmente cuando el cuadro agresivo es recurrente. De ser éste el caso, será necesario buscar la razón, porque si bien es cierto el niño nace con rasgos predeterminados –en este ejemplo, cierto nivel de agresión– el medio ambiente va condicionando su comportamiento.
“Un niño agresivo es el que demuestra cierta hostilidad ante otra persona o ante cualquier cosa”, enfatiza Cavero. Los niños más agresivos son aquellos que padecen o han padecido durante la infancia la separación de los padres; también aquellos que han recibido malos tratos. En el fondo lo que se encuentra en ellos es una provocación afectiva; es por eso que son hostiles precisamente con sus seres más próximos”.
Estos mismos niños agresivos también pueden ser los “hiperquinéticos”, que actúan de manera impulsiva obedeciendo al trastorno que padecen.

Estados de ánimo

“Rasgos de personalidad y estados de ánimo son frases que casi siempre se confunden. Mientras que los primeros son propios del comportamiento de cada individuo, los segundos tienen que ver más con las emociones, la forma como sentimos y como expresamos lo que sentimos”, dice la psicóloga.
Definitivamente, los estados de ánimo influyen en el comportamiento de una persona, pudiendo variar en función de sus cambios de humor. Los más comunes son: la rabia –que se expresa a través de las pataletas–, la tristeza, la alegría y el miedo. “El miedo empieza a sentirse a los tres años. Es bueno dejarlo que exprese este sentimiento a través del llanto; no debemos privar al niño de manifestar sus emociones. A veces, de manera inconsciente, creamos diferencias entre los niños y las niñas –continúa Cavero–. A ellas les decimos que no deben portarse mal porque se ve feo y a ellos les repetimos: ‘los hombres son fuertes, no lloran’, olvidando que todos sentimos cólera.”

Rol de los padres

“Un aspecto importante para que el niño desarrolle su personalidad es que se acepte a sí mismo, aprenda a superar sus vergüenzas y adquiera la confianza necesaria para moverse en el mundo adulto”.
En lo que a los padres corresponde, tienen que aceptar que cada persona es única, y a partir de ahí, permitir que se manifiesten como son. En realidad, es muy difícil establecer pautas para que los hijos desarrollen una adecuada personalidad. Lo importante es que al niño se le brinden las mejores condiciones para madurar como persona libre y responsable sin que esto implique el obsesionarse por lograr que su hijo sea el “ser perfecto”.
La doctora Cavero ilustra este asunto diciendo: “A veces los padres colocan al niño un nombre que asocian con un gran personaje de la historia, esperando que sea como ese ser ilustre, y por ir en busca de esa excelencia van descuidando muchas otras cosas”.

No está de más decir que si la estructura familiar contribuye a forjar y desarrollar la personalidad en el niño, los pequeños detalles también son valiosos: la distribución de responsabilidades, la forma de disfrutar el tiempo libre, la cooperación de todos en la buena marcha de la vida doméstica y hasta la decoración de la casa. Cuanto más costumbres propias tenga una familia, y en la misma medida se brinde importancia a los valores humanos, mayores serán los lazos de cohesión para configurar una auténtica y saludable personalidad.

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