¿Cómo cuidar los dientes de nuestros hijos?

El niño que ha comenzado una rutina de limpieza bucal desde muy temprana edad no sólo desarrollará con
facilidad el hábito de cepillarse bien y frecuentemente los dientes, sino que gozará de una excelente salud
bucal. Todo empieza con una pequeña gasa después de la primera lactada…

Los padres somos los primeros llamados a cuidar la salud bucal de nuestros hijos, trabajo que debe hacerse desde el momento mismo en que nacen. No hay razón para dejar pasar el tiempo, ya que la ausencia de hábitos de higiene acarrea molestias mayores. Para tener una idea, sólo en Estados Unidos el 17% de niños entre dos y cuatro años ha tenido, por lo menos una vez en su corta vida, caries. En el rango de niños de ocho años de edad, el promedio es de 52%, y entre los menores de 17 años, un considerable 78% sufre de caries.

dientes cuidados

En el rubro de los más pequeños, la causa más frecuente de este problema radica en la costumbre que tienen muchas madres de darle biberón a los niños en la noche y no hacerle una limpieza bucal posterior, por no mencionar que muchas mamás no les limpian los dientecitos ni siquiera durante el día, tal vez por la errada creencia de que los de leche son inmunes al ataque de las bacterias.

Empezando por los bebés

La boca del recién nacido es la parte más importante de su cuerpo porque a través de ésta el lactante obtiene el alimento y el aire; de ahí la vital importancia de cuidarla. Si bien los primeros dientes tardan unos meses en brotar, la higiene bucal se debe practicar en las encías; para ello, basta con utilizar un paño o una gasa húmeda con el que se le frotará las encías después de cada lactada. Es un error frecuente creer que porque no tiene aún dentadura no necesitará limpieza: siempre quedan residuos de leche en la boca. Más adelante, cuando el niño ingiera otros líquidos y jugos, se sumarán entonces los residuos de los azúcares, que son una invitación a las futuras caries.

La odontóloga Anabelle Gutiérrez añade a estos consejos que el último biberón que tome el niño, previamente a su sueño nocturno, sea sólo de agua.

Mis primeros cepillos

Más adelante, entre los cinco y los ocho meses de vida, el paño utilizado para limpieza de encías tiene que ser sustituido por un cepillo blando, coincidiendo con la aparición de los primeros dientes.

En el mercado existe gran variedad de cepillos, así que el dentista
es quien debe sugerir el indicado, teniendo en cuenta el tamaño de la boca y el arco dentario del niño. Por lo general se trata de cepillos dentales de cabeza pequeña (2 a 2.5 cm), de cerdas sintéticas cortas y uniformes en el largo. De ninguna manera conviene colocarle dentífrico, porque se corre el riesgo de que el niño lo ingiera o que sus dientes se manchen.

Una vez desarrollados por completo los dientes temporales, la técnica que se debe emplear con ellos es la de movimientos circulares y el de barrido horizontal. Estamos hablando de los pequeños de entre dos y seis años, debiendo realizar la higiene por lo menos dos veces al día (a veces resulta irreal que lo hagan cada vez que terminan de comer, pero en realidad así debería ser) y siempre bajo la supervisión de un adulto, quien lo guiará y le enseñará la forma correcta de tomar y manipular el cepillo para que pueda barrer con la placa bacteriana de todas las áreas.

Los cepillos, al estar en contacto permanente con los microorganismos, tienen que ser cambiados cada dos o tres meses. Pero si el niño ha estado enfermo, lo pertinente es que lo cambie cuando recupere la salud completa, porque en este útil de aseo puede haberse quedado inclusive el virus que lo enfermó. Es contraproducente, además, que el niño utilice un cepillo que está deteriorado, roto o deformado.

Entre los siete y los doce años los chicos todavía tienen dentadura mixta (alternan dientes de leche y dientes definitivos); lo pertinente, por tanto, es que usen cepillos un poco más grandes, siempre que sus dientes se hallen en la posición correcta, porque si los tienen demasiado desalineados o montados unos sobre otros, o están usando brackets, el cepillo tiene que ser el apropiado para cada caso.

La manera sencilla de cepillado consiste en colocar el cepillo en un ángulo de 45 grados, de manera que las cerdas penetren en la unión diente-encía; una vez en esa posición, proceder a hacer movimientos vibratorios y cortos, de arriba hacia abajo.

Los dentífricos

No son pocos los infantes a quienes les gusta el sabor del dentífrico que usan y a la hora de lavarse los dientes, colocan generosas cantidades en su cepillo, más para comerse la pasta que para darle su real uso. Sin embargo, hay que estar detrás de ellos e insistirles en que la cantidad debe ser la prudente. A partir del año, para tener una idea, debe aplicarse sobre la escobilla la cantidad equivalente al tamaño de una arveja. A medida que van creciendo, un poco más; pero nunca que la pasta se rebalse.

También se debe tener en cuenta que las pastas indicadas para los niños son las que tienen la cantidad suficiente de flúor; éstas generan menos espuma que las que no lo contienen.

El cuidado adecuado de los dientes también incluye el uso de enjuagues bucales. Para los niños, los recomendados son los de muy baja concentración de fluoruro de sodio, que pueden usarse varias veces al día, sin problema alguno, a partir de los tres años de edad.

El flúor

Aunque hay muchas opiniones respecto a qué edad al niño se le debe fluorizar, la mayoría de odontopediatras señala que es a partir de los seis meses cuando ya lo requieren. Como se sabe, el flúor hace los dientes más resistentes a la caries, remineralizándolos y fortaleciéndolos.

Ahora bien, el flúor se encuentra en la mayoría de pastas dentales indicadas para niños, pero también viene en forma líquida, en comprimidos o en gel. El dentista es el autorizado para administrar estos últimos, los que, según se sabe, reducen la incidencia de caries entre un 60 y 70%.

La aplicación de flúor que hace el dentista es una práctica muy sencilla: primero, se realiza un cepillado mecánico con un cepillo muy pequeño y dentífrico para eliminar toda la placa bacteriana adherida a los dientes; luego de enjuagarse la boca, se seca bien la superficie dental y se aplica el flúor en unas bandejitas descartables y flexibles que contienen la sustancia líquida, en espuma o en gel, y se las hace entrar en contacto con los dientes del arco superior e inferior por uno o dos minutos. El sabor suele ser agradable y la única indicación es que el niño no ingiera nada, ni siquiera agua, durante los próximos 30 minutos (aunque hay algunas marcas que exigen hasta dos horas).

Al respecto, algo hay que aclarar: no se crea que a más fluorización, mayor cuidado dental. No es así: a la sobrefluorización se la conoce como fluorosis, caracterizada por manchas en los dientes que luego sólo pueden ser quitadas con un procedimiento especial. Una vez más, el dentista es quien debe indicar con qué frecuencia es necesario aplicarlo.

De golosinas y alimentación

“No le des golosinas porque se le carían los dientes” es una frase que se escucha hasta el cansancio. Sin embargo, no es la golosina la que caría el diente sino la falta de aseo bucal después de ingerirla. Lo que quiere decir que comer, por ejemplo, un chocolate, no está reñido con la salud dental, siempre y cuando desde pequeño se haya acostumbrado al niño a que después se cepille los dientes.

Otro de los malos hábitos que se permiten a los niños, con la excusa de que son chicos y les provoca, es el de estar comiendo a cada momento. “La saliva en la boca es verdad que puede limpiar los dientes, pero necesita tiempo para actuar. Si un niño está permanentemente comiendo, nunca da la oportunidad a la saliva de realizar una de sus acciones, la limpieza natural”, precisa la doctora Gutiérrez.

Finalmente, cada vez existe mayor bibliografía acerca de los problemas de un mal desarrollo dental o alguna enfermedad bucal.
Se sabe que ocasiona, entre otros problemas, infecciones mayores, problemas de lenguaje y autoestima. Entonces, por qué no prevenir antes que lamentar.

No olvidemos que la visita al odontopediatra se debe hacer alrededor de los ocho meses de edad del niño para que aquél aconseje a la madre acerca de qué cepillo usar. Esta oportunidad le ofrece al dentista, además, la ocasión de reparar en la existencia de algún problema dentario, muchos de los cuales aparecen muy temprano.

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