Aprendizaje socioemocional de los niños

El proceso de aprendizaje se inicia, prácticamente, desde que el bebé nace. Y aunque aparentemente éste es un ser muy imbuido en sí mismo “y para muchos, dedicado casi en exclusiva a dormir, comer y crecer”, lo cierto es que su cerebro, su sistema neurológico y todo su cuerpo, en general, está absorbiendo toda la información que le llega de su entorno. Aparentemente no pasa nada, pero claro que pasa, y a una velocidad vertiginosa. Sin embargo, hay etapas que son muy significativas porque marcan improntas y se constituyen en piezas clave en la evolución socioemocional del ser humano.

aprendizaje socioemocional

De los ochos meses al año y medio: La ansiedad por la separación

La ansiedad ante los desconocidos es uno de los primeros hitos del desarrollo emocional de un bebé. En la mayoría de casos, las madres suelen preocuparse sobremanera de este repentino pavor que sienten los pequeños frente a las personas que no son de su entorno, especialmente porque en sus primeros meses de vida, éstos se relacionaban sin problemas con todo el mundo. Sin embargo, este tipo de reacciones de temor y miedo en los bebés de ocho a dieciocho meses es algo totalmente normal. Por primera vez en la vida el niño es capaz de apreciar la diferencia entre lo familiar y lo desconocido. En esta etapa, también, es probable que no quiera despegarse por ningún motivo de la madre, llore cuando ella no se encuentra presente o cuando lo acuesta en la noche en su habitación. Es el principio de la ansiedad de separación: empiezan a ser conscientes de que su primer y gran amor “la madre” es una persona independiente y única y, por este motivo, se sienten inquietos por el temor a perderla, señala Aninés Yzaga, psicóloga del Centro de Estimulación Temprana “Learn and play”. Desde su perspectiva, la madre debe ser consciente de la etapa de desarrollo por la que está atravesando su pequeño y evitar escapar de casa aprovechando que el niño está entretenido, pues esto le crea una enorme intranquilidad ya que realmente no sabe en qué momento su mamá va a desaparecer.

Hay que tener en cuenta que esta ansiedad suele manifestarse con mayor intensidad entre los diez y los dieciocho meses y luego irá siendo controlada hacia el final del segundo año. En cierto modo, esta fase del desarrollo emocional del niño será muy tierna para ambos, mamá e hijo, aunque dolorosa. Para disminuir el impacto, presentamos algunas sugerencias que pueden quitarle importancia a las salidas de la madre:

“Es más probable que el niño tenga ansiedad de separación cuando está cansado, hambriento o enfermo. Si la mamá sabe que va a salir, debe organizar su partida de tal modo que ésta tenga lugar cuando el niño haya comido y dormido. Asimismo, debe intentar estar a su lado el máximo tiempo posible cuando caiga enfermo.

“Salir de casa no debe constituir un drama. La madre debe decir adiós con firmeza y aunque su hijo aún no tenga noción del tiempo, anunciarle que pronto regresará.

“Es preciso que la madre ayude al niño a afrontar la separación con breves sesiones de práctica: dejándolo ir solo a otra habitación o saliendo por breves períodos de su campo visual.

“Si el niño acude por primera vez a una guardería o nido, es recomendable que la mamá permanezca unos minutos en ese nuevo entorno junto a su hijo. Y cuando se marche, debe asegurarle que volverá a buscarlo.

Si el pequeño ha establecido un vínculo de apego fuerte y sano con la madre, su ansiedad de separación aparecerá antes que en otros bebés y le durará menos. En lugar de agobiarse por la posesividad de su hijo durante estos meses, es preciso que la mamá tenga paciencia y continúe siendo cariñosa con él. Con su comportamiento, le enseñará a expresar y a devolver amor. Ésta es la base emocional sobre la que se apoyará en el futuro.

Del año y medio a los tres años: egocentrismo

Antes de llegar al segundo año de vida, el niño empieza a formarse una imagen específica de su mundo social, el cual se encuentra integrado por familiares, amigos y conocidos. Sin embargo, él está en el centro de todo, y aunque probablemente la madre esté cerca, ahora lo que más le preocupa es su propia persona. Esta forma de ver el mundo, que algunos expertos llaman egocentrismo, representa un obstáculo para que pueda jugar con otros niños en un sentido plenamente social. Según Aninés Yzaga, en esta etapa los otros niños le sirven sólo de compañía. Pueden jugar al lado de otro niño y competir por los juguetes, pero es difícil que participen en juegos cooperativos. A los pequeños de esta edad les gusta observar y estar cerca de otros chicos, sobre todo si son más grandes. Sin embargo, aún no saben compartir; eso hay que enseñárselo de a pocos: por ejemplo, si un niño coge un juguete que le pertenece a su hijo, es apropiado recordarle que es “su” juguete, que nadie se lo va a quitar, pero que lo preste por unos minutos. El papel de los padres debe ser de tranquilizadores. Según la especialista, los niños pequeños apenas tienen conciencia de los sentimientos ajenos y tienen poco control de sus instintos, lo que puede llevarlos a ser bastante bruscos al relacionarse con otros niños. Definitivamente, hay niños más agresivos que otros. Algunos, cuando se enfadan, llegan a morder o darle patadas a otro niño, y el hecho de eliminar este tipo de conductas agresivas debe empezar a trabajarse desde que están pequeños, incluso desde la cuna. Un niño que tiene absolutamente todas sus necesidades satisfechas, que apenas llora lo levantan, que no está acostumbrado a esperar, que no tiene reglas claras, tenderá a desarrollar este tipo de conductas. Lo importante es trabajar esto a lo largo del tiempo para que, finalmente, las lleguen a controlar.

A pesar de que en esta etapa el niño parece estar centrado en sí mismo, muchos de sus juegos los dedicará a imitar los gestos y las actividades de otras personas. Los juegos de simulación permiten que los pequeños se hagan una idea de cómo se siente uno en el papel del otro, lo que constituye un buen entrenamiento para sus futuros intercambios sociales. También permiten que los padres se den cuenta de lo importante que es ser un buen modelo, al comprobar que sus hijos suelen repetir lo que ellos hacen. Hay que tener en cuenta, además, que la mejor forma de que el niño aprenda a relacionarse con las demás personas es darle muchas oportunidades de ensayo, como llevarlos a jugar con otros niños, aunque al principio es sensato que la cantidad de niños que integren el grupo se reduzca a sólo dos o tres. Y aunque es recomendable que los adultos supervisen sus juegos para evitar que se hagan daño, deben dejar, en lo posible, que se entiendan a su manera, pues lo que necesitan es aprender a socializar unos con otros.

De los tres a los cinco años: desarrollo de su identidad

A partir de los tres años, el niño ya no dependerá tanto de la madre y ahora jugará con otros niños, relacionándose con ellos en vez de limitarse a jugar a su lado. En este proceso, él irá descubriendo que no todo el mundo piensa como él y que cada uno de sus compañeros de juego tiene cualidades, algunas agradables y otras no. También comprobará que empieza a manifestar ciertas preferencias por jugar con algunos niños, forjando sus primeras relaciones de amistad, y descubrirá que él también posee cualidades que lo hacen agradable a los demás.

Conforme vaya creciendo, se irá haciendo más consciente y más sensible a los sentimientos y acciones de los demás, irá dejando gradualmente de competir y aprenderá a cooperar cuando juegue con sus amigos. En grupos reducidos, será capaz de esperar su turno y compartir juguetes. Sin embargo, sobre todo al principio, es importante fomentar este tipo de cooperación, por ejemplo, sugiriéndoles que utilicen palabras para resolver conflictos, en lugar de acciones agresivas. Asimismo, es positivo recordarles que cuando dos niños deciden compartir un juguete por turnos, cada uno debe de esperar que le toque el suyo. Cuando dos chicos quieran el mismo objeto, es preciso sugerirles formas simples de llegar a una solución: por ejemplo, pueden dedicarse a pintar mientras esperan su turno. Pero, por encima de todo, los padres deben enseñar con su ejemplo a afrontar pacíficamente los conflictos: si uno de ellos tiene un carácter explosivo, debe intentar controlarse delante del niño; de lo contrario, cuando él esté bajo estrés, imitará su manera de reaccionar.

De los tres a los cinco años, los niños se la pasan fantaseando, lo que favorece la cooperación con otro tipo de juegos. Normalmente, durante este período, el niño y sus compañeros de juego se asignan roles los unos a los otros y se enfrascan en complejos juegos de simulación, utilizando objetos reales o imaginarios. Este tipo de juegos los ayuda a desarrollar importantes habilidades sociales tales como turnarse, prestar atención a los demás, comunicarse a través de acciones y palabras y reaccionar ante el comportamiento de sus compañeros. Además conllevan otro beneficio: permiten que los niños adopten el papel que desean representar incluyendo el héroe y el hada madrina, lo que les ayuda a explorar conceptos sociales más complejos como el poder, la riqueza, la compasión, la crueldad y la sexualidad.

De acuerdo a Aninés Yzaga, lo más importante en el proceso de desarrollo de la socialización en los niños es “empezar desde temprano en casa, dictando reglas claras, asumiendo con autoridad, pero a la vez con amor, el rol de padres para que, finalmente, los niños sean personas capaces de expresar sus emociones y sentimientos y, sobre todo, de insertarse en cualquier ambiente social sin la menor dificultad, concluye.

Guardar

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *